Palabras de Paso 80
Programa ochenta
Desde la ciudad de Las Piedras, Canelones, en la República Oriental del Uruguay, quien les habla, Waldemar Fontes y el grupo cultural Artes Entre Columnas, con el auspicio del Centro de Formación José Artigas, les damos la bienvenida a este programa número 80, emitido en julio de 2026, titulado “Las cosas viejas…”, para hablar de poesía, literatura, arte y cultura.En este programa, contamos con la habitual participación de Mirtha Pérez y con las voces de Carlos Heuguerot y Ana Carina Hoffemblat, quienes nos recitan poemas de su autoría.
Dedicamos nuestro programa al lema "Las cosas viejas" y buscamos en el baúl de los recuerdos aquellas cosas que siguen siendo vigentes a pesar del tiempo y de las huellas que deja en la gente y en lo que nos rodea.
En el momento de reflexión: nos planteamos la disyuntiva de que las cosas viejas fueron importantes una vez, y lo son de nuevo cada vez que pensamos en ellas para proyectarnos al futuro.
En Voces oídas por ahí: rescatamos de las redes sociales un texto escrito por Rafa Gibelli que menciona el poco valor que tiene el ser viejo en estos tiempos.
Al cierre, en el Momento de poesía: hacemos una recopilación de versos que exploran el asunto de las cosas viejas donde escucharemos en las voces de Waldemar Fontes y de Mirta Pérez, los siguientes poemas: “El viejo Patriarca” de Julio Herrera y Reissig, "la Calle Asilo" de Juana de Ibarbourú, “El viejo mar” de Washington Daniel Gorosito, “Vejeces” de José Antonio Asunción Silva.
Carlos Heugerot, en su voz, nos recita dos poemas de su autoría: “Al caer el sol”, publicado en su libro “Tal vez mañana”, y “Lo que nos cuentan las cosas viejas”, de su reciente libro “El péndulo”.
Al cierre del programa, comentamos sobre el emprendimiento editorial “Flor de Lis”, que dirige Ana Carina Hoffemblat, quien además nos recita dos poemas de su autoría: “Carta para un futuro improbable” y “Geografía del abrazo”.
Reflexionando sobre las cosas viejas
Vivimos en una época obsesionada con lo nuevo, con el último
modelo, con el brillo intacto de lo impecable. Nos han enseñado que el valor
está en el estreno de las cosas nuevas. Las cosas nuevas tienen esa estética,
ese olor a nuevo, pero las cosas viejas tienen alma, tienen memoria. Cada rayón
en esa mesa de madera, testigo silencioso de una cena familiar, de aquella
noticia que nos emocionó o de una tarde de reunión y risas.
Cada doblez en la página de ese libro viejo es la huella de
alguien que se conmovió en el mismo párrafo que hoy te emociona a ti. A veces
nos da miedo la vejez. En un mundo que rinde culto a lo instantáneo, lo
reluciente y lo desechable, las cosas viejas estorban, parecen ocupar un
espacio innecesario. Compramos, usamos, repetimos un ciclo infinito que nos
deja las manos llenas de plásticos y el alma vacía de recuerdos.
Pero la belleza real no se encuentra en lo impecable. Lo
nuevo, lo recién sacado del paquete, no tiene historia. Está congelado en el
momento de su fabricación. En cambio, lo viejo tiene una vibración: esa madera
gastada por el uso, aquel reloj que ya no da la hora exacta, aquella foto en
blanco y negro con los bordes gastados; todos ellos han acumulado vida.
Guardar algunas de esas cosas viejas no es acumular basura;
es un acto de rebeldía: negarnos a olvidar quiénes fuimos, porque al salvar un
objeto del olvido, estamos rescatando un fragmento de nuestro propio camino, de
nuestros propios pasos. Al final, todos somos un poco como esas cosas viejas;
nos vamos gastando con los años.
El cuerpo cambia, la piel se arruga, las heridas dejan
marcas, pero qué hermoso es entender que no estamos rompiendo; nos estamos
llenando de memoria. Mira a tu alrededor, busca ese objeto viejo que te
acompaña, míralo con respeto. Él ha estado ahí aguantando el paso del tiempo a
tu lado. ¿Qué historia te estará contando?
Recorriendo las redes sociales, hemos llegado a la página de
Facebook de nuestro amigo Rafa Gibelli, que a veces varía su nombre, lo que
mantiene la incógnita sobre sus producciones literarias que tanto nos agradan
leer. En algún momento, hace ya unos meses, bajo el seudónimo de
Rafa Gibelli, nos deleitó con este texto que queremos compartir con ustedes.
Dice así: Si hubiese oro en todos lados y se le
encontrara fácilmente allí donde uno pusiera el ojo y las manos, el oro no
valdría nada. Exceso de oferta, claro. Durante toda la historia humana,
los viejos eran un recurso raro, pues la gente moría mayormente antes de llegar
a lucir muchas arrugas y demasiadas canas.
El viejo, el anciano, aportaba experiencia y, mediante sus
relatos y consejos, enseñaba a los más jóvenes a evitar
males que, de no conocerlos, traerían sangre, sudor y lágrimas. Por eso los
viejos valían: eran pocos, y sus afanes y conocimientos eran muchos.
Y así fue que se lo situó en pedestales de consejero, de
gobernante y de líder en tiempos de paz y de consolidación. Pero hoy lo que abunda
son los viejos y vienen a sobrar precisamente cuando todos sus relatos
valederos se aplican a cosas que ya no son lo que fueron. Así de rápido cambian
las cosas hoy en día.
Por eso sobran y por eso se les recluye en albergues
distantes, donde ya no puedan ejercer, salvo como consumidores de oxígeno y de
medicamentos caros. En un mundo en el que las experiencias vividas aportan poco,
pues cada cosa se va haciendo de manera distinta a como se hacía apenas hace un
lustro, en el que los consejos ya te los puede dar la inteligencia
artificial y donde sobran viejos capaces, cada uno aconseja para el lado
que le dé la mollera; viene a resultar que hoy ser viejo no vale nada.
Ahora los viejos quieren ser eternamente jóvenes. Y en tal
afán cometen el absurdo de querer aparentar lo que no son y, por ello, triunfan
cosas como la eutanasia, no por piedad ante el dolor del pobre y moribundo
viejo, sino casi, muy simplemente, para quitárselo de encima, tal como
la carga que es para un mundo que se complace en consumirse mediante el consumo
excesivo de cosas, aun de la muerte de un pariente próximo.
Mucha gente cree en el derecho, pero yo sostengo que el mundo está al revés. Los dioses me libren de la miseria de ser considerado un inútil a tiempo completo. Impidan verme abandonado en un
hospicio de temblorosos semejantes dispuestos en camastros, como los presos
sentenciados al corredor de la muerte.

Comentarios
Publicar un comentario